De haber sido verdad la habría avisado a tiempo. Simplemente no podía creer que estuviese ahora, en ese momento y allí, de brazos cruzados ante lo que bien podría ser el cadáver de algún animal prehistórico, una nueva especie o un extraterrestre. La doctora Farrow ladeó la cabeza e intentó encontrar una explicación sujeta a la lógica mientras entornaba sus cristalinos ojos verdes tras los cristales de sus gafas Rayban.
Las escamas azuladas le cubrían todo el cuerpo y, pese a tener forma de antílope –bastante grande, por cierto- unas preciosas alas a medio despegar se derramaban sobre su lomo inerte.
La doctora Farrow no era una mujer que se atemorizara fácilmente y su trabajo la fascinaba aunque reconocía que éste no era su campo, -en realidad no estaba segura de si pertenecía su hallazgo a alguno de estos campos existentes-, por ello se acercó hacia la criatura muerta abriéndose paso entre las altas hierbas con sus botas de montaña y examinó con detenimiento a aquella suerte de gacela alada. Todavía se habría de decidir si no era precipitado entrar en contacto físico con ella. De una cosa no había duda, había muerto hacía escasos minutos y por las marcas del suelo y en la vegetación la doctora Farrow dedujo que se había venido arrastrando con dificultad desde unos cuantos metros atrás.
“Bueno-pensó la doctora Farrow- lo que es seguro es que muerta no me hará ningún daño.” Por eso se sentó junto al cadáver y lo contempló con asombro durante unos segundos que le parecieron eternos, eternamente mágicos, pues lo cierto era -se recordó- que por hermoso que fuera esto seguía estando fuera de toda lógica.
De pronto un ruido la sacó de sus pensamientos. Provenía de uno de los árboles a espaldas del cadáver, de los árboles que encabezaban el principio de un frondoso bosque que se extendía oscuro frente a ella.
Podría ser sólo un mono, o tal vez –se le ocurrió- otra nueva e intrigante criatura.
La doctora Farrow rodeó el cadáver y alzó su mirada hacia las copas de los árboles cercanos. Nada. Volvió su vista hacia el animal muerto.
Y de repente vio algo nuevo en él, algo que ya no era tan mágico. Un dardo. Era un dardo que incluía una especie de jeringuilla cuyo líquido, por supuesto, estaba dentro del animal y probablemente le había causado la muerte. La presencia humana sobre aquel extraño hecho era incuestionable, por ello la doctora Farrow volvió a buscar entre las copas de los árboles, enfurecida, al causante del ruido anterior y también –así lo pensó ella sin dudar ni un momento- de aquel terrible asesinato.
Como si hubiese aguardado el momento una figura humana cayó torpemente gritando contra el suelo y se incorporó sacudiéndose la tierra de la ropa. Eric Coles se quejó de que se había dañado la clavícula.
- Es mucho más fácil subir que bajar –dijo intentando sonar gracioso-. Una rama se partió y…
- ¿Has sido tú quién le ha hecho esto? –Le interrumpió con brusquedad la doctora Farrow.
- Eeeh… - balbuceó Eric mirando el dardo clavado entre las alas de la criatura. Después, como buscando comprensión volvió a mirar a la doctora.
Detrás de las gafas Rayban los ojos verde cristalino luchaban porque las lágrimas que afloraban y las que pretendían aflorar no perturbasen la indignación y a la vez serenidad de la doctora Farrow; detrás de los ojos verde cristalino, la rabia lo devoraba todo.
- Me das asco –sentenció ella.
Se dio la vuelta y emprendió a grandes zancadas el camino de vuelta al pueblo dónde se encontraba el hotel.
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